Domingo, 15 de noviembre de 2009 a las 2:34
Solo en la agonía de despedirnos somos capaces de comprender la profundidad de nuestro amor.
Sin duda éste será el texto que tendrá más “chovinismo institucional” de los que haya escrito alguna vez... pero creo que no puedo combatir lo que siento, por más que intente siempre buscar los momentos adecuados.
Si bien es cierto estaré rondando el colegio mínimo hasta la segunda semana de Diciembre por actividades institucionales, se podría inferir que es ahora cuando comienzo a despedirme de mi colegio (disculpen que hable de “MI colegio” como si fuese el dueño, pues no necesariamente es así, sino más bien, soy yo quien ha intentado ser parte, del alma de éste.).
El Instituto logró sin duda, despertar en mí algo que seguramente no hubiese existido en mi núcleo comunal o familiar: en mi antiguo colegio –del que guardo muy gratos recuerdos, y en el cual considero que fue en el que me enseñaron gran parte de los valores que tengo- nunca me faltó nada, pero tampoco nunca tuve la capacidad de conocer otras realidades, otros compañeros con problemas familiares, sociales, económicos, etc... eso no existía para mi.
Desde ese 5 de marzo del 2004, he tenido la oportunidad de conocer grandes personas, que llenasen en mi gran parte de mi vida, y de mis metas. Entré lleno de ilusiones –como creo deben haber entrado muchos- y eso sirvió en mi para sentirme más comprometido conmigo mismo. Conocí grandes profesores con los que estoy encariñado hasta el día de hoy, quienes desarrollaron a lo largo de estos seis años una ardua y generosa labor para con la educación pública. Conocí a los olvidados de siempre, los asistentes de la educación, quienes hacen la tarea más humilde e importante a la vez en nuestro colegio: la de tenernos un colegio en dignas condiciones para trabajar, siempre sonriéndone a la rutina. Conocí también apoderados... que hasta ahora, me da la impresión, en lo colectivo no entregan tanto aporte como la ayuda diaria que le entregan a cada uno de nosotros. Pero por sobretodo conocí compañeros. Conocí compañeros, cómplices, rivales, pero a la larga, amigos, y hasta hermanos encontré.
Desde esa toma expres del 2005, y por supuesto las del 2006, comencé a desarrollar mi opinión e interés por los problemas sociales nacionales, y fui testigo y más adelante partícipe de los problemas que nos afectaban directamente.
Siempre me decepcionó esa lucha inevitable, que desgastaba nuestras energías, que nos alejaba de nuestras familias, que la sociedad comprendía, pero las autoridades ignoraban. Horas de esfuerzo, sin sueño, en vigila, cuidando nuestro colegio, durmiendo en la intemperie del balcón, concietizando a la sociedad: quien sabe si esa inversión servirá a la larga para algo en este país lleno de personas que caminan como hormigas por sus calles. Que siguen el camino del otro, que no reclaman, que no se preocupan del bienestar de su futuro. Hormigas que a la larga seguirán por siempre esa rutina con la estúpida convicción de tener una vejez tranquila, que será perturbada por la mala educación de sus hijos, nietos, bisnietos... por las desigualdades humanas que cada vez son más grandes en nuestra tierra.
Odio las injusticias, y la vida es injusta. Pero seguiré luchando, donde quiera que este viento me quiera llevar, contra las desigualdades de mi país. Seguiré luchando por que alguna vez no tengan que haber jóvenes gritando por algo que los adultos –que controlan el poder- deban cambiar. Seguiré hasta que no queden estudiantes gritando, implorando por una buena educación.
A lo largo de estos años me transformé en adulto. En lo práctico aún no tengo la responsabilidad de mantenerme yo solo, pero aún así, ya no soy quien entré. Ahora me doy cuenta de lo más malo del mundo, y eso me hace querer volver a ese estado, al de cuando ingresé a Arturo Prat 33. Desde ese día comencé a conocer compañeros con familias dispersas, o que viven en sectores vulnerables, compañeros que no tienen padres, o que viajan horas por llegar al Instituto. El no poder volver a vivir eso, a estar con ellos, me lleva, ineludiblemente a intentar que esas situaciones no se repitan –que se den lo menos posible, o intentar revertirlas- en las generaciones del futuro.
Sólo me queda agradecer a cada uno de ustedes, bajo esa hermosa insignia que tanto me diera, que tanto me quitara, que tanto me enseñara y descubriera. Agradecer los momentos vividos sería una interminable tarea, pero tengo historia que contar, tengo experiencias de las que aprender.
QUIENES QUEDEN DENTRO, aprovechen cada minuto de sus vida –sé que suena cliché-... aprovechen esos juegos, esas competencias, aprendan de sus peleas y problemas. Cuiden su colegio, síganlo haciendo grande, cada día, en cada lugar. No sigan perdiendo ese comportamiento Institutano.
QUIENES PARTIMOS, sé que nos reencontraremos. Que tomamos caminos distintos, pero que tarde o temprano, nuestro espíritu de cambiar las cosas, de crear un mejor mundo, nos llevarán a encontrarnos, no sin historias, no sin recuerdos, para poder continuar enlazando nuestras vidas, que ya se empapasen de la Institutaneidad de la que nos hablara el profesor y ex Rector don Sergio Riquelme (Q.E.P.D.).
No es un adiós. Es un hasta pronto. Nos veremos algún día, quizás no como alumnos, pero sí como Institutanos, por siempre.
Con sinceridad, y esperando que vibre por siempre, compañeros:
Nicolás Alejandro Ramón Guillermo Menare Morales
Una Hormiga Más.












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